CARTA DEL DOMINGO DE RAMOS DE 2012

Queridos hermanos y hermanas:

En el relato de la pasión del evangelista San Marcos, que escucharemos en este Domingo de Ramos, llama la atención el silencio de Jesús a partir de su prendimiento. Ante las acusaciones de los falsos testigos, “… Él callaba sin dar respuesta”. Únicamente ante la pregunta del sumo sacerdote, que le interroga si es el Mesías, responde lacónicamente “Sí, lo soy”; y ante la pregunta de Pilatos, “¿Eres tú el rey de los judíos?”, contesta Jesús con un escueto “Tú lo has dicho”. A partir de ese momento, guarda un silencio absoluto, que sólo interrumpe “clamando con gran voz”: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. De las siete palabras de Jesús en la cruz, que nos transmiten los otros evangelistas, San Marcos sólo nos refiere este grito desgarrador.
Jesús “callaba, sin dar respuesta”. Estamos ante el silencio de Jesús, silencio que impresionó a Pilatos, más expresivo que mil palabras. Y Jesús seguirá en silencio cuando el pueblo grita pidiendo la liberación de Barrabás, cuando le azotan cruelmente, le ciñen la corona de espinas, le crucifican y le injurian los que pasan junto al Calvario, cuando los sumos sacerdotes se burlan de

Él y le insultan los ladrones crucificados a su derecha y a su izquierda. Entonces se cumple la palabra de Isaías: “Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca”. Silencio impresionante de Jesús, más elocuente que los más altisonantes discursos. Así lo debió entender, con el corazón iluminado por la fe, el centurión que le ha visto expirar: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

“Él callaba, sin dar respuesta”, nos dice reiteradamente San Marcos. Qué contraste entre las actitudes de Jesús en su pasión y nuestras quejas ante aquello que no resulta a la medida de nuestros deseos o ante lo que creemos que es una injusticia. Qué contraste entre el silencio de Jesús y nuestras explicaciones prolijas para justificar nuestros errores, miserias, yerros y claudicaciones. Qué contraste entre el silencio de Jesús y nuestro mundo inundado de palabras, de discursos altisonantes llenos de promesas, palabras que se convierten en ruido que deshumaniza, que nos impide entrar dentro de nosotros mismos para encontrarnos con la verdad profunda del hombre.

Para Alfred de Vigny “sólo el silencio es grandioso; todo lo demás es debilidad”. A Ortega y Gasset se le atribuye esta otra frase luminosa: “Si se quiere de verdad hacer algo en serio, lo primero que hay que hacer es callarse”. Esto explica el silencio impresionante de Jesús durante su pasión, el momento más “serio” de su vida, el acontecimiento más “serio” de la historia de la humanidad, pues en él realiza la obra de nuestra redención desde el lenguaje del silencio, el lenguaje del amor y de la generosidad de todo un Dios que entrega libremente su vida para salvarnos.

En este Domingo de Ramos, preludio de la Semana Santa del año 2012, invito a todos los cristianos de Sevilla a buscar el silencio interior. Sólo desde el silencio es posible la conversión y la vuelta a Dios. Sólo desde la “soledad sonora”, de la que nos hablara San Juan Cruz, es posible encontrarnos con la verdad del hombre y con el rumor de Dios. Sólo desde el silencio es posible penetrar con hondura en los misterios santos que vamos a celebrar. Vivir la Semana Santa hoy más difícil que hace sólo unas décadas, en las que el ambiente era esencialmente religioso. Hoy son muchas las sugestiones con que nos seduce la sociedad secularizada en que vivimos. Por ello, vivir con seriedad y provecho la epopeya de la Pasión del Señor en estos días santos tiene un mérito mayor.

En la liturgia vamos a actualizar los misterios centrales de nuestra fe. Preparémonos a participar en ellos reconciliándonos con Dios y con nuestros hermanos recibiendo el sacramento de la penitencia. Busquemos espacios amplios para el silencio y la contemplación. Agradezcamos al Señor en el Jueves Santo la institución de la Eucaristía y visitémoslo con piedad y unción en los Monumentos. Vivamos con gratitud la severa liturgia del Viernes Santo y abramos nuestro corazón para que la sangre derramada de Cristo sane nuestras heridas, penetre en nuestro espíritu, nos convierta y nos salve.

Acompañemos al Señor con recogimiento y sentido penitencial en las hermosas procesiones de nuestros pueblos y ciudades, que no son primariamente manifestaciones culturales, sino expresión de la religiosidad y el fervor de nuestro pueblo, camino de evangelización y llamada a la conversión.

Quiera Dios que estos días nos sirvan para encontrarnos con Cristo, que transforma nuestras vidas, si nosotros nos dejamos transformar por la eficacia de su sangre redentora. Ojala que quien resucita para la Iglesia y para el mundo en la Pascua florida, resucite sobre todo en nuestros corazones y de nuestras vidas. Sólo así experimentaremos la verdadera alegría de la Pascua.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina – Arzobispo de Sevilla